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24.1.12

Una vieja ficción

Siempre que no estás tomo un poco de tu crema de almendras y la esparzo en mis muslos, en la parte interna, la que se roza primero cuando unimos las piernas desde arriba.
Después, cuando hay oportunidad, voy a la playa y camino de manera que mi muslo izquierdo acaricie con tu crema de almendras a mi muslo derecho. Y al revés. Y te siento, siento esa capa finísima de suavidad de muñeca que tienes. De esa suavidad exagerada, casi casi artificial pero verdadera. Y brutal porque ya me ha noqueado varias veces.
La sensación me hace respirar hondo, y cuando lo hago, huelo tu cuerpo en el mar. Percibo ese olor cuya fuente escondes en lugares profundos, debajo de esa crema de almendras que casi a todos engaña.
Si cierro los ojos y me concentro en hacer crecer lo suficiente ese pequeñísimo indicio de tu aroma, puedo sentir el hálito íntimo de tu piel justo frente a mí, al alcance de mi nariz, de mis labios, mi lengua y mis dientes.
Tengo tu imagen y tu voz en mi mente. No necesito ayuda de afuera para imaginarlas con si las tuviera ahí mismo. Lo único que no puedo imitar, es tu sabor porque cuando no estás tengo una amargura, una náusea tenue parecida a las ganas de llorar. Pero no tengo ganas de llorar porque sé que pronto vas a venir. O yo a ir a donde estés, depende el día.
Y mientras tanto, tengo lo demás, que aunque son rastros mínimos de ti, una réplica pequeñísima de ti, me ayudan a pasar el tiempo sin ti.
Sí, ti, ti, ti, ti. Está trillado, está a lo mejor inmaduro, pero es lo que me pasa, no sé qué quieres que diga.
Ven ya.

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